SOCIOLOGÍA POLITICA

CRÍTICA AL LIBRO DE BAUMAN TRABAJO, CONSUMISMO Y NUEVOS POBRES


Siempre habrá pobres entre nosotros (¿será?), pero ser pobre quiere decir cosas bien distintas según entre quiénes de nosotros esos pobres se encuentren. No es lo mismo ser pobre en una sociedad que empuja a cada adulto al trabajo productivo, que serlo en una sociedad que –gracias a la enorme riqueza acumulada en siglos de trabajo- puede producir lo necesario sin la participación de una amplia gama y creciente porción de sus miembros. Una cosa es ser pobre en una comunidad de productores con trabajo para todos; otra totalmente diferente, es serlo en una sociedad de consumidores cuyos proyectos de vida se construyen sobre opciones de consumo y no sobre el trabajo, la capacidad profesional o el empleo disponible. Si en otra época “ser pobre” significaba estar sin trabajo, hoy alude fundamentalmente a la condición de un consumidor expulsado del mercado. (Bauman: 1999: 12-13). (Las cursivas entre paréntesis son obra del que hace la síntesis).



1.- TEMA CENTRAL.



Bauman reconstruye en esta obra el cambio de la condición de la pobreza desde la revolución industrial, y su “ética del trabajo” hasta la sociedad de consumo y su “estética”; y muestra en la situación actual todas las consecuencias de esta evolución. Además analiza hasta que punto son adecuados o no a los viejos métodos para detener la pobreza creciente y mitigar sus penurias. En una reflexión final Bauman considera el futuro de los pobres y plantea la posibilidad de dar un nuevo significado a la ética del trabajo más conforme a las condiciones actuales de las sociedades desarrolladas. (Bauman: 1999: contraportada).



2.- OBJETIVOS.



El objetivo del autor es presentarnos tres variables sociológicas, como el nombre del libro lo indica; el trabajo, el consumismo y los pobres.



3.- ESTRUCTURA DE LA LECTURA:


El primer capítulo recuerda los orígenes de la ética del trabajo, de la cual se esperaba –desde el comienzo de los tiempos modernos- que trajera a los pobres hacia las fábricas, erradicará la pobreza y garantizara la paz social. En la práctica, sirvió para entrenar y disciplinar a la gente, inculcándole la obediencia necesaria para que el nuevo régimen fabril funcionara correctamente.



En el segundo capítulo se relata el pasaje, gradual pero implacable, desde la primera hasta la actual etapa de la sociedad moderna; de una “sociedad de productores” a otra “de consumidores”; de una sociedad orientada por la ética del trabajo a otra gobernada por la estética del consumo. El nuevo mundo de los consumidores, la producción masiva no requiere ya mano de obra masiva. Por eso los pobres, que alguna vez cumplieron el papel de “ejercito de reserva de mano de obra”, pasan a ser ahora “consumidores expulsados del mercado”. Esto los despoja de cualquier función útil (real o potencial) con profundas consecuencias para su ubicación en la sociedad y sus posibilidades de mejorar en ella.



El tercer capítulo analiza el ascenso y la caída del Estado benefactor. Muestra la íntima conexión entre las transformaciones descritas en el capítulo anterior, el surgimiento repentino de un ascenso público que favorece la responsabilidad colectiva por el infortunio individual y la igualmente abrupta aparición de la actual opinión opuesta.



El cuarto capítulo se ocupa de las consecuencias: una nueva forma de producir socialmente y definir culturalmente a los pobres. El concepto de moda de “clase marginada” es analizado con detalle. La conclusión es que funciona como instrumento de formas y causas muy variadas, “alimentadas desde el poder”, que contribuyen a aquella marginación y crean una imagen de una categoría inferior: gente plagada de defectos constituye un “verdadero problema social”.



Por último se estudia el futuro posible de los pobres y la pobreza, así como la eventualidad de darle a la ética del trabajo un nuevo significado, más acorde con la situación actual de las sociedades desarrolladas. (Bauman: 1999: 12-13).



Retomando, en el capítulo primero llamado El significado el trabajo: presentación de la ética del trabajo, autor confronta dos éticas del trabajo, el ético basado en el bien común (utilitarista, marxista) y el otro con tendencias individualistas monetarias (capitalista). Comienza el autor:



¿Qué es la ética del trabajo? En pocas palabras, es una norma de vida con dos premisas explícitas y dos presunciones tácitas.



La primera premisa dice que, si se quiere conseguir lo necesario para vivir y ser feliz, hay que hacer algo que los demás consideren valioso y digno de un pago. Nada es gratis; se trata siempre de un quid pro quo, de un “doy algo para que me des”; es preciso dar primero para recibir después.



La segunda premisa afirma que está mal, que es necio y moralmente dañino, conformarse con lo ya conseguido y quedarse con menos en lugar de buscar más, que es absurdo e irracional dejar de esforzarse después haber alcanzado la satisfacción; que no es decoroso descansar, salvo para reunir fuerzas y seguir trabajando. Dicho de otro modo: trabajar es un valor en sí mismo, una actividad noble y jerarquizadora.



Y la norma continúa: hay que seguir trabajando aunque no se vea qué cosa que no se tenga podrá aportarnos el trabajo, y aunque eso no lo necesitemos para nada. Trabajar es bueno; no hacerlo es malo. (Bauman: 1999: 17).



Lo que supone que:



1) Que la mayoría de la gente tiene una capacidad de trabajo que vender y puede ganarse la vida ofreciéndola para obtener a cambio lo que merece.

2) El trabajo es el estado normal de los seres humanos; no trabajar es anormal.

3) Sólo el trabajo que es reconocido por los demás tiene un valor moral consagrado por la ética del trabajo.



Esta forma moderna de concebir el trabajo, fue gracias a la aparición del régimen fabril que puso fin al romance entre el artesano y su trabajo.



La cruzada moral que la historia describió como una batalla para introducir la ética del trabajo…fue, en realidad, un intento de resucitar actitudes características del periodo preindustrial, pero en condiciones nuevas que las despojaban de sentido. El propósito de la cruzada moral era recrear, dentro de la fábrica y bajo la disciplina impuesta por los patrones, el compromiso pleno con el trabajo artesanal, la dedicación incondicional al mismo y el cumplimiento, en el mejor nivel posible, de las tareas impuestas. (Bauman: 1999: 19). La cruzada por la ética del trabajo era la batalla por imponer el control y la subordinación. (Bauman: 1999: 21).





El problema central en el ámbito económico de la modernización consistía en cómo hacer que la gente volcara sus esfuerzos al cumplimiento de tareas que otros le imponían. Par ello, la solución se impuso en dos ámbitos. El primero fue la puesta en marcha de una instrucción mecánica dirigida a habituar a los obreros a obedecer sin pensar, al tiempo que se les privaba del orgullo de su trabajo bien hecho y se les obligaba a cumplir sus tareas cuyo sentido se les escapaba, este como continuidad de la tradición europea.



Se elogiaba el trabajo duro como una experiencia enriquecedora: una elevación del espíritu que sólo podía alcanzarse a través del servicio incondicional del bien común. Si para obligar a la gente a trabajar duro y conseguir que ese trabajo duro y conseguir que ese hábito se transformara en un hábito hacia falta causar dolor, este era un precio razonable a cambio de los beneficios futuros, entre los cuales estaban ante todo los morales, ganados a lo largo una vida forzada. (Bauman: 1999: 32).



Ni la derecha ni la izquierda del espectro político se cuestionaba el papel histórico del trabajo… el empleo universal era la meta no alcanzaba todavía, pero representaba el modelo del futuro. A la luz de esa meta, estar sin trabajo significaba desocupación, la anormalidad, la violación a la norma. “A ponerse a trabajar”, “Poner a trabajar a la gente” tales era el par de exhortaciones imperiosas que, se esperaba, podrían fin al mismo tiempo a los problemas personales y males sociales compartidos. Estos modernos eslóganes resonaban por igual en las dos versiones de la modernidad: el capitalismo y el comunismo. (Bauman: 1999: 33).



El trabajo era el principal punto de referencia, alrededor del cual se planificaban y ordenaban todas las actividades de la vida. (Bauman: 1999: 35).



Por eso,



La fábrica era la principal “institución panóptica”, de la sociedad moderna. (Bauman: 1999: 35).



La segunda solución es la del espíritu de empresa emprendida precisamente por los norteamericanos.



No fue la ética del trabajo, sino el espíritu de empresa y la movilidad social ascendente, el lubricante que aceitó los engranajes de la industria norteamericana… (el trabajo) era un medio antes que un valor en sí mismo, una forma de vida o vocación: el medio para hacerse rico y, de este modo, más independiente; el medio para deshacerse de la desagradable necesidad de trabajar para otros. (Bauman: 1999: 38).



No era preciso amar el trabajo ni considerarlo un signo de virtud moral; se podía manifestar públicamente el desagrado que provocaba sin incurrir en el riesgo de que la disciplina se derrumbara, siempre que el soportar las condiciones más horrendas fuera el precio transitoriamente pagado por una libertad no demasiado lejana. La decisión de no confiar en que los obreros se ilusionaran con las cualidades ennoblecedoras del trabajo resultó cada vez más acertada, a medida que las desigualdades sociales se acentuaron y la presión de la disciplina en la fábrica se volvió más despiadada…todos los sufrimientos en la fábrica serán una molestia transitoria, y el sometimiento a los caprichos del patrón es sólo un medio para, llegando el momento, transformarse en patrón. La posibilidad de afirmar la propia independencia se hizo más vaga y remota a medida que se estrechaban y llenaban de obstáculos los caminos que conducían desde el trabajo manual a la libertad de “trabajar por cuenta propia”… en lugar de afirmar que el esfuerzo en el trabajo era el camino hacia una vida moralmente superior, se le proporcionaba como un medio de ganar más dinero. Ya no importaba lo “mejor”; sólo contaba el más… y fueron las diferencias salariales la vara que determinó el prestigio y la posición social de los productores… la nueva actitud infundió en la mente y las acciones de los modernos productores, no tanto el “espíritu del capitalismo” como una tendencia a medir el valor de la dignidad de los seres humanos en función de las recompensas económicas recibidas. (Bauman: 1999: 39-41).



La segunda parte llamada De la ética del trabajo a la estética del consumo, determina enfáticamente en la primera parte:



La nuestra es una sociedad de consumidores. La nuestra es “una comunidad de consumidores”, en el mismo sentido en que la sociedad de nuestros abuelos (la moderna sociedad que vio nacer a la industria merecía el nombre de “sociedad de productores”. (Bauman: 1999: 44).



La razón para llamar “comunidad de productores” a la primera forma de sociedad moderna se basa en el hecho de que sus miembros se dedicaron principalmente a la producción; el modo como tal sociedad formaba a sus integrantes estaba determinado por LA NECESIDAD DE DESEMPEÑAR EL PAPEL DE PRODUCTORES (ERROR), la norma impuesta a sus miembros era ADQUIRIR LA CAPACIDAD Y LA VOLUNTAD DE PRODUCIR (ERROR)… la sociedad humana impone a sus miembros (otra vez, principalmente), la obligación de ser consumidores… la norma que les impone, la de tener capacidad de consumir. (Bauman: 1999: 44).



Esto se consigue principalmente con el deseo.



“El deseo no desea la satisfacción. Por el contrario, el deseo desea deseo”, en todo caso, así funciona el deseo del consumidor ideal…en una sociedad de consumo bien aceitada, los consumidores buscan activamente la seducción…cada nueva atracción, tentación o carnada, es en cierto modo diferente –y quizá mas fuerte- que la anterior. En esta segunda modernidad de consumidores, la primera e imperiosa obligación es ser consumidor; después pensar en convertirse en cualquier otra cosa. (Bauman: 1999: 47-48).



El mayor índice de que una sociedad funciona como es debido, depende, en una sociedad de consumidores, no tanto de la “fuerza productiva del país”. (Bauman: 1999: 48).



La vocación del consumidor se satisface ofreciéndole más para elegir, sin que esto no signifique necesariamente más consumo. Adoptar la actitud del consumidor es, ante todo, decidirse por la libertad de elegir: consumir más queda en un segundo plano, y ni siquiera resulta indispensable. (Bauman: 1999: 53).



En la segunda parte referida al empleo, el autor sostiene:



El trabajo apareció como la principal herramienta para encarar la construcción del propio destino. (Bauman: 1999: 49).



Pero hoy, esto ha cambiado:



Hoy, los empleos permanentes, seguros y garantizados son la excepción. Los oficios de antaño, “de por vida”, hasta hereditarios, quedaron condicionados a una pocas industrias y profesiones antiguas y están rápida disminución. Los nuevos puestos de trabajo suelen ser contratos temporarios “hasta nuevo aviso” o en horarios de tiempo parcial. El nuevo lema es flexibilidad, y esta noción cada vez más generalizada implica un juego de contratos y despidos con muy pocas reglas pero con el poder de cambiarlas mientras la misma partida se esta jugando.., en pocas palabras: la perspectiva de construir, sobre la base del trabajo, una identidad para toda la vida ya quedó cerrada definitivamente para la inmensa mayoría de la gente (Bauman: 1999: 49).



En la tercera parte los pobres, el autor establece:



La pobreza no se reduce, sin embargo, a la falta de comodidades y al sufrimiento físico. Es también una condición social y psicológica: puesto que el grado de decoro se mide por los estándares establecidos por la sociedad, la imposibilidad de alcanzarlos causa zozobra, angustia y mortificación. Ser pobre significa estar excluido de lo que se considera una “vida normal”; es “no estar a la altura de los demás”. Esto genera sentimientos de vergüenza o de culpa, que producen una reducción en la autoestima. La pobreza implica también tener cerradas las oportunidades para una “vida feliz”; no poder aceptar los“ofrecimientos de la vida”. La consecuencia es resentimiento y malestar, sentimientos que –al desbordarse- se manifiestan en forma de actos agresivos o autodestructivos, o de ambas a la vez… esa limitación los pone en condición de consumidores manqués: consumidores defectuosos o frustrados, expulsados del mercado. A los pobres de la sociedad de consumo se los define ante todo como consumidores imperfectos, deficientes; en otras palabras, incapaces de adaptarse a nuestro mundo. (Bauman: 1999: 64).



La tercera parte del libro titulado el Ascenso y caída del Estado benefactor, el autor comenta:



El concepto del Estado benefactor encierra la idea de que, entre las obligaciones del Estado, está la de garantizar a toda la población una situación de bienestar y esto implica algo más que simple supervivencia: es una supervivencia con dignidad, entendida tal como la concibe cada sociedad en su propia época…el concepto imponía la responsabilidad más amplia de atender el bienestar público, es decir, garantizar colectivamente la supervivencia digna de todos los individuos… el principio de bienestar público, en su forma más pura, supone la igualdad ante la necesidad, equilibrando las desigualdades existentes en cuanto a capacidad de pago. (Bauman: 1999: 73).



Lo anterior es puesto en duda por los amantes del neoliberalismo como Friedman, Hayek y Thatcher principalmente cuando reducen o eliminan las actividades del Estado benefactor, a lo que el autor responde:



Estos argumentos (los neoliberales) tan frecuentes son, en última instancia, racionalizaciones políticas y justificaciones ideológicas de las medidas adoptadas, más que su explicación. (Bauman: 1999: 82).





Ya que el autor señala:



El éxito inicial del Estado Benefactor habría sido inconcebible en una sociedad dominada por el capital si no hubiera existido coincidencias profundas entre los seguros públicos propuestos y las necesidades de la economía capitalista…al asegurar una educación de buena calidad, un servicio de salud apropiado, viviendas dignas y una alimentación sana para los hijos de las familias pobres, brindaba a la industria capitalista un suministro constante de mano de obra calificada. (Bauman: 1999: 82).



Y concluye este apartado diciendo:



Los servicios sociales a cargo del Estado no llegaron a realizar el sueño de sus fundadores; exterminar, de una vez y para siempre, la pobreza, la humillación y el desaliento. Pero surgió una generación educada, con buena salud, confiada, segura de sí misma. Celosa de su nueva independencia; y esta generación rechazó la idea de que es deber de quienes han triunfado el ofrecer ayuda a quienes han fracasado ofrecer su ayuda a quienes siguen fracasando. (Bauman: 1999: 96).



En el capítulo cuarto llamado La ética del trabajo y los nuevos pobres resalta la clasificación hecha por el autor sobre los pobres y la crítica de los que de ello hace en torno a su criminización:



La expresión “clase obrera” evoca la imagen de imagen de una clase de personas que desempeña un papel determinado en la sociedad, que hace una contribución útil al conjunto de ella y, por lo tanto, espera una retribución. El término “clase baja”, por su parte, reconoce la movilidad de una sociedad donde la gente está en continuo movimiento, donde cada posición es momentánea, y en principio, está sujeta a cambios. Hablar de “clase baja” es evocar a personas arrojadas al nivel más bajo de una escala pero que todavía pueden subir y, de este modo, abandonar su transitoria situación de inferioridad. La expresión “clase marginada” o “subclase” (underclass) corresponde a una sociedad que ha dejado de ser integral, que renunció a incluir a todos sus integrantes y ahora es más pequeña que la suma de sus partes. La “clase marginada” es una categoría de personas que está por debajo de las clases, fuera de toda jerarquía, sin oportunidad ni siquiera necesidad de ser readmitida en la sociedad organizada. Es gente sin función que ya no realiza contribuciones útiles para la vida de los demás y, en principio, no tiene esperanza de redención. (Bauman: 1999: 103).



Debido a que se tiene la percepción similar de todos ellos, es que se tiende a clasificarlos como iguales, sin serlo, imposibilitando la manera de solucionar los problemas, ya que cada uno tiene su complejidad y grado de criminalización. Como dice el autor:



Separar el “problema de la marginalidad” del “tema de la pobreza” es matar varios pájaros de un tiro. (Bauman: 1999: 110).



La pobreza…deja de ser tema de política social para convertirse en asunto de justicia penal y criminal. Los pobres ya no son marginados de la sociedad de consumo, derrotados en la competencia feroz; son los enemigos declarados de la sociedad. (Bauman: 1999: 119).



Vincular la pobreza con la criminalidad tiene otro efecto, ayuda a desterrar a los pobres del mundo de las obligaciones morales. (Bauman: 1999: 120).



La última parte llamada Perspectivas para los nuevos pobres destaca además de sus utopias:



La economía actual no necesita una fuerza laboral masiva aprendió lo suficiente como para aumentar no sólo su rentabilidad sino también el volumen de su producción, reduciendo al mismo tipo tiempo la mano de obra y los costos…la obediencia a la norma y la “disciplina social” queda asegurada por la seducción de los bienes de consumo más que por la coerción del Estado y las institucionales panópticas… en la práctica, los pobres dejaron de ser su ejército de reserva, y las invocaciones a la ética del trabajo suenan cada vez más huecas y alejadas a la realidad…los integrantes de la sociedad contemporánea son, ante todo consumidores, sólo en forma parcial y secundaria son también productores. (Bauman: 1999: 139).



Concluye tajantemente sobre el trabajo:



El instinto de hacer bien una tarea es una predisposición natural y permanente de la especie humana. Los humanos somos por naturaleza seres creadores, y resulta degradante suponer que lo separa el trabajo del no trabajo, el esfuerzo de la holgazanería, es sólo la etiqueta que señala el precio. Se mutila la naturaleza humana al sugerir que, sin un pago, preferiríamos permanecer ociosos y dejar que nuestra capacidad y nuestra imaginación se pudrieran y herrumbraran. La ética del trabajo bien realizado podría devolver a ese instinto esencial de dignidad y la importancia que la ética del trabajo, nacida en la moderna sociedad capitalista, le negó. (Bauman: 1999: 149).



A) ¿CUÁLES SON LOS APORTES DE ESTA LECTURA A MI CONOCI MIENTO?



Solamente la antinomia de la ética del trabajo.



B) ¿QUÉ TAN CONVINCENTE RESULTA ESTA LECTURA CON RELACIÓN A LA REALIDAD?



Le falta el análisis del consumo como factor económico, ya que lo establece desde el punto de vista sociológico, impuesto como patrón de conducta similar a lo establecido por la Escuela de Francfort . Su error es el siguiente:



El paso de aquella sociedad de productores a esta de consumidores significó múltiples y profundos cambios; el primero es, probablemente, el modo como se prepara y educa a la gente para satisfacer las condiciones impuestas por su identidad social (es decir, la forma en que se “integra” a hombres y mujeres al nuevo orden para adjudicarles un lugar en él). (Bauman: 1999: 45).



LA DIFERENCIA RESIDE EN EL ÉNFASIS QUE SE PONGA EN CADA SOCIEDAD; ese cambio de énfasis marca una enorme diferencia casi en todos los aspectos de esa sociedad, en su cultura y en el destino individual de cada uno de sus miembros.



El papel de la riqueza y los ingresos como capital (es decir, como dinero que sirve ante todo para obtener más dinero) ocupará un plano secundario e inferior, si no desaparece totalmente de las perspectivas de la vida y sus motivaciones. (Bauman: 1999: 54).



Piensa ingenuamente que la explotación en la producción desaparece y esta no ocupa otros sectores productivos.

Bauman Zygmunt (1999). Trabajo, consumismo y nuevos pobres, Gedisa, España. p. 155.

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